domingo, 7 de agosto de 2011

Dar

Antes de llegar al diez se había terminado el número de las personas que realmente estarían para toda la vida. Le bastó con una llamada y tres horas sin dormir por la madrugada para confirmarlo. No sintió tristeza al darse cuenta de ello, se refugió en un suspiro, una sonrisa y la consciencia de estar creciendo. Se puso una idea de tomar las cosas como vienen y en el corazón se plantó la convicción de repartir sin reservas la pasión que le invade.

martes, 12 de julio de 2011

Palabras vs emociones

Mis emociones han comenzado a ser tan fuertes que pareciera como si las palabras no fueran suficientes para poder expresar lo que siento. Yo sé, suena blasfemo reducir la capacidad de las letras.

Es la tristeza la que en ocasiones se apodera de mis piernas, ataca en su andar para trastocarlas con severa lentitud, reprimiéndolas. Es la ira la que impone su voluntad en mis oídos y sólo escucho lo estúpida y patética que puedo ser. Recorre mi vientre y mis ojos estallando en llanto de impotencia. Llega entonces la frustración por dejar todo atrás, en un bote de basura cualquiera se me ocurrió dejar mis sueños...

Llega un grito de hastío de poner en en primer lugar lo que la vida quiere que haga, antes de proponerme a hacer lo que quiero de la vida. Y busco poner en palabras todas las cosas que me hacen hundirme o actuar pésima, todo lo que me odio a veces y culpo por no tener el suficiente valor de no posponer, de estar aquí, en este momento, sintiendo...SINTIENDO. Simplemente fracaso al instante de soñar e iluminar mi día con esa pizca de optimismo que alguien -no sé quién- me había regalado.

Entonces maldigo a las palabras, y culpo a las emociones por ser tan intensas. ¡Carajo! ¡Siempre he gustado de que todo sea intenso! Entro en una especie de reflexión con esa luz y esa voz que grita para apagarla...se da un diálogo entre tres. Todo nuevamente es silencio... Me siento entre feliz y decepcionada, la primera porque han hablado ya por mí las letras, la segunda porque no me ayudan ya a cambiar nada.

Laberinto

A veces le pido al cielo una buena señal. Tal vez sigo creyendo en la magia que tienen las nubes y las estrellas en los cuentos para niños, por eso busco tanto allá arriba. Otras veces le exijo a mi voluntad que se coloque en la puerta de salida, me tome de la mano y entonces salgamos corriendo juntas sin importar lo que venga. Pero hay momentos en que simplemente cierro los ojos y pido a mi silencio que no me deje dormir, que me ayude a que no se extinga esa pequeña luz que nos une.

Me siento dentro de un laberinto donde la salida simplemente parece no existir. Un atajo me llevó un día hasta él, supuse que regresando podría escaparme…nadie advirtió que no hay marcha atrás. Existen días que corro mucho sin molestarme siquiera en toparme con algún muro, y al otro día se iluminan pasillos que aseguran una ruta confiable al exterior. Después de un rato llego al mismo sitio y platico con las paredes, cae una lágrima y el laberinto desaparece…era sólo una pelusa en mis ojos.

No me emocionan los laberintos, me juegan trampas. Bueno, sí me gustan, me llenan de curiosidad. Es sólo que quiero dejar de asustarme cada vez que me traiciona la maldita idea de no poder salir jamás de ahí.

jueves, 14 de abril de 2011

Pero...sí va a terminar, ¿verdad?


Escucho noticias durante ocho horas diarias, sí, ese es mi trabajo. Te topas con toda clase de información que simultáneamente sucede en nuestro país sin que nos percatemos de eso. Los medios anuncian aquello "importante" que pasa en el día, o aquello que pueda dar un panorama "integral" de México, y ese conjunto se complementa con entrevistas a los protagonistas de tales acontecimientos y opiniones de especialistas en el tema, según. Ir al día sobre lo que nuestro país escenifica resulta un tanto agotador cuando el 90% de esas noticias tienen las siguientes palabras:

Muertos, ejecutados, cuerpos, cabezas, cadáveres, asesinos, sicarios, delincuentes, crimen, narco, cártel, inseguridad, delitos, violencia, detenidos, arraigados, corrupción, acusación, policía, ejército, militares, enfrentamiento, homicidios, traficantes, secuestro, levantamiento, golpeados, granadazo...

y la lista sigue.

Muchos comunicadores se postran ante su microfóno o cámara para leer esas líneas que se reproducen por cientos en radio, prensa, televisión, Internet, con la intención de dar al público la información que debe conocer. ¿En verdad quiere alguien saber de todo esto?

No hay obligación de nadie -con excepción de los que estamos en un trabajo que lo exige- tener conocimiento de lo que pasa en las calles de su ciudad, en las partes de su país en donde la pinche nota roja tiene su origen. ¿A quién diablos le da gusto oír y ver imágenes de lo que día a día ya es una realidad? ¿En qué momento se convirtieron todas esas cosas inhumanas en una situación que no causa asombro?

¡Caray! Llevo desde la semana pasada sumando más muertos, más cuerpos, más desaparecidos en una cifra ya imprecisa. Escucho un noticiero, y otro, y uno más que me dice que los estados del norte son la escena perfecta del homicidio, pero en la zona sur hay migrantes secuestrados, en el centro se quejan de inseguridad y para colmo el resto del mundo nos tacha de país corrupto. Y así es todos los días como en un intento de hacernos comprar la idea de que esto jamás cambiará. Tengo miedo, no tanto de los muertos o de los homicidas o de los narcos -ya lo decía, esto dejó en algún momento de causar asombro- sino de que nadie tenga la mísera idea de que esto algún día va a terminar.

jueves, 24 de marzo de 2011

Fuchi los miércoles

Le expliqué a un amigo por qué odio los miércoles: ni tienes todas las ganas del inicio de la semana ni todas las ansias por saber que se acerca el fin. Fuchi, es un día que no debería ser laboral. Además es un día con muchas letras, el más largo en su nombre, tan presuntuoso él.

sábado, 19 de marzo de 2011

Eso es, mamá

Mamá pregunta que qué me pasa, yo sólo respondo que tengo sueño. En realidad es un torbellino de interrogantes lo que me pone silenciosa, seria y ligeramente apática. No puedo dejar de inventarme escenarios diversos sobre lo que será mi futuro, me angustia que no se vea como me gustaría, que se pinte plano o que no estén esas personas a las que amo. Eso me tiene así, mamá.

miércoles, 2 de marzo de 2011

Un trayecto a casa

Recorriendo el trayecto de regreso a casa me topo con más cosas de las que uno podría imaginar encontrar a las 12 de la noche. Saliendo de la oficina veo que aún hay autos incesantes en busca de un destino, semáforos que no se aburren de parpadear, un olor a aire contaminado y algunos seres que todavía deambulan a mi alrededor. Tomo siempre un bus que por lo general no va lleno, y sin embargo está repleto de historias que lo marcaron este día entre y su ir y venir en la misma ruta. La música del conductor -porque siempre es la que él escoge- se hace el himno de todas sus noches para que nosotros, sus pasajeros, también recordemos que él manda ahí.

Cuando llego al metro casi siempre están algunas pequeñas luces de negocios que pernoctan con la firme idea de vender algo a alguien en su paso por la ciudad; no hay duda de ello, sí venden. Lamentablemente estos puestos dejan una calle sucia con charquitos que seguramente nacieron del intento por limpiarla...pero jamás se logra ver una limpieza real. Atravieso el laberinto de ambulantes para llegar a la entrada de la estación, bajo corriendo las escaleras para alcanzar el tren que va llegando, o simplemente me resignó a caminar cuando calculo que no llegaré hasta abajo para abordarlo. Entonces me encuentro con muchos hombres y algunas mujeres que van también a casa apenas a esa hora -quiero creer. Hay quienes están con mucha pila aún, hay otros que se sostienen por efecto de gravedad, unos más sólo miran en el fondo de la oscuridad para ver llegar el tren, y otros creo que piensan en si mejor no llegar esta noche a su hogar. Yo sólo me pongo a esperar en el andén y platicar en tanto con mis amigos. Sé que tarde o temprano subiré al vagón y llegaré a casa en algunos minutos más; no tengo muchas opciones en el camino.

Un largo conjunto de vagones anaranjados se desplazan frente a mí para dejarnos abordarlos así que es justo cuando comienza el viaje. A veces resulta un trayecto ligero, sin problemas de tránsito -porque también lo hay en las vías del Metro- y con una constante velocidad. Otras más se me hace pesado, cansado y sumamente cruel...generalmente es así en momentos que ya quiero dormir. Pero existen noches que parece celebrarse una fiesta en el interior porque las voces de mis amigos se vuelven tan cercanas y cómplices que las pláticas de esos minutos se convierten en la cereza del pastel para el final del día.

A mi alrededor viajan decenas de almas que buscan sentarse, otras más ya están en un sueño y hay las que sólo están metidas en su pensamiento. ¡Qué de cosas ve uno a esa hora! Gente feliz, apática, despeinada, adicta, somnolienta, impotente, furiosa, alegre, estúpida, gritona, malechora, distinguida, indiferente... Pero compartimos algo: la experiencia de toparnos unos a otros en un simple trayecto a casa.

Una vez que bajo en la estación que "me toca" salgo acompañada de mi amigo Fede, uno de esos hombres que te hacen el día con algún comentario simple o un buen abrazo. Solemos caminar juntos a la escalera donde tres, cuatro o hasta 10 minutos pasamos platicando sobre mi vida, su vida, la vida. No sé, es otra de las cerezas del pastel. Y finalmente nos despedimos para ir cada quien a su punto de encuentro.

Papá está afuera de la estación con una cara de entre sueño y tranquilidad por verme llegar. Subimos al auto para venir a casa y entonces me llena de preguntas. Me encanta que haga eso porque podemos compartir algo que ambos conocemos: las notas del día. Suelo decir en serie lo más relevante de la jornada laboral, la noticiosa y una que otra cosa extracotidiana que me haya pasado. Al mismo tiempo veo por la ventana como pasan muchos, en verdad muchos autos a esa hora por las calles. Miro cómo hay quienes trabajan todavía cuando yo estoy rumbo a dormir. Registro que mi cuidad está llena de anuncios publictarios, de luces blancas y ámbar, muchos baches y un toque de aceleración en el tránsito. También hay árboles aunque son menos.

Me percato de lo mucho que no veo en las tardes cuando salgo a trabajar, a lo mejor por la prisa o porque son muchas personas las que tapan las paredes, las calles, el aire. Puedo ver un espacio lleno de esperanzas, de dinámica que está dormitando (por contrario que suene), de oportunidades para mejorar, de espacios sin explotar, de ansias por crecer...eso es lo que yo veo, no sé los demás. Por fin llego a casa y pienso en lo mucho que hay en mi camino, comienzo a escribir sobre aquellas cosas que me resultaron nuevas o sorprendentes y me percato del poco tiempo que nos destinamos a observar. Y pensar que en un trayecto a casa puede darnos tantas respuestas en la vida, una tan simple como saber que estas instalado en un mundo para abrir los sentidos y entender lo que es realmente la intensidad.